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por Lina Nieves



Un niño se acaba de parar frente al litoral, decidido a mirar el sol. Ha cicatrizado la mordedura de gato que lleva en su brazo pues estuvo varios días tomando antibiótico. A penas le queda algo de fiebre. Parado en el litoral, ya no logra escuchar el cortocircuito del letrero fluorescente, que ha estado encendido toda la noche frente a su casa. Inhala ahora algo de aire fresco. El olor a salitre, inevitablemente, le causa alegría. Porque le hace acordar aquel día de pesca junto a su hermana.                                                                                                          

  El viento arrastraba la lata de carnada. También revolcaba el vestido y la cabellera de la hermana. Ella pisaba las algas que había recolectado. Las enterraba con los pies en la arena. El nylon de la caña tiró fuerte y ambos pensaron lo mismo: la cuerda reventaría en cualquier momento.

      Se acercaron más a la orilla. El agua era espuma de mentol. Subieron por las rocas. Había lama, erizos, y varias jeringuillas entre las piedras. Las olas no paraban de reventarse contra el arrecife. La cuerda de nylon ya no resistiría mucho más. Aquella mañana tenía el humor y la densidad de una acuarela.

      La hermana comenzó a rodar la perilla para enredar el nylon. El niño agarró el arpón mirando las piedras que estaban bajo el agua. Ambos vieron la mancha moverse entre las rocas. Cuando por fin lograron ver algunas gotas chapoteando en la superficie del agua, el niño clavo el arpón sobre el animal. Ambos cayeron sentados sobre las rocas. Respiraban ahogados.

      En aquel momento, el triunfo fue una mancha de tinta, creciendo sobre el agua. El vaivén de la marea.

El resto de aquel día, los niños se dedicaron a jugar con la jeringas. 

Llegar ahora hasta el litoral era menos complicado, pues estos tiempos ya han cambiado, aunque nada resulte excesivamente extraño. Han quedado abandonadas todas las farmacéuticas del litoral. La población de calamares ha aumentado y resulta evidente la erosión sobre las piedras.

      Al niño le sube la fiebre debido a la decisión que acaba de tomar. Él lo sabe. También sabe que el paisaje del litoral puede ser muy tentador, por lo tanto es mejor que ejecute, ya de una vez, su cometido.     

      Alza la cabeza y mira fijo el sol. Es mucha la luz, muy intensa la claridad, pero no puede ver nada. Piensa que eso es debido a la falta de costumbre. Se ríe.

      El niño se desmaya sobre las rocas del litoral, se ha descontrolado su fiebre. Se le acabaron todos los medicamentos. 
 

 

Waltzen

06/12/2009

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por Lina Nieves  

El tiempo se nos acaba pronto. La nube ya no es la cabeza de perro que nos seguía desde que salimos. Pasó a tener forma de tsunami y con esto desapareció cualquier tipo de interés que sintiéramos por su presencia atmosférica. Su nueva forma tan solo lograba remitirnos a un calor sin sombra y a una lluvia desaparecida. El agua había sido siempre el problema. Su ausencia, o quizás debería decir, las ausencias terminan por consagrar el reclamo de aquello que se desea presente. Y para aquel entonces, la ausencia del agua sólo tenía una respuesta inmediata; la agonía. Para el vulgo, desierto era la prolongación estéril de una superficie terrestre. El lugar de la sed. Muchos científicos habían pasado horas con las medias transpiradas, aplicando bloqueador solar sobre sus narices y destapando botellas de plástico con té de jazmín helado. También habían recopilando con sumo cuidado datos que, eventualmente, llamarían fenómenos y clasificarían en categorías. Entonces la palabra desierto se haría más específica y se predicaría que la cantidad pluviométrica de lluvia, que recibe esta región anualmente, es menor de 250 milímetros de agua. Claro, los científicos y el vulgo en muchas ocasiones han obviado que el sentido oculto, real, de la palabra desierto es agudeza. Porque exige un espíritu depurado. Algunos llegamos a lugares así, de escasez. Aparecemos en terrenos áridos, quizás confundidos o esperanzados con poder perforar dunas, hallar fósiles o hacer emanar agua de las rocas. Esta vez no llegamos acá con esas intenciones sino simplemente porque preferimos poder mirar los demonios cara a cara. Entonces, decir que se desea mirar a un demonio directo en los ojos es parecido a decir que se tiene sed. Waltzen. Me gustaría poder hallar a un demonio fácil y llamarle Waltzen. Llegué al desierto con la boca quemada. Debo precisar que es la parte interna de la boca, no la externa y esto se debo al ingenio enfermo del destino. Quizás, destino es una palabra demasiado ancha. Mis labios y la piel alrededor, del lado externo, estaban en perfectas condiciones. Pero el interior de la boca estaba inflamado y en carne viva. Había perdido mucha piel de encía. Además, en la parte inferior de la lengua había desarrollado una infección. Esto dificultaba mi ingesta de alimentos, que se limitaba a líquidos. Las quemaduras impedían que me abasteciera de agua mascando distintas especies de cactus y la infección no me permitía pronunciar con claridad el sonido de la r. Sentía pena. Por algo que al fin de cuentas existía sólo mi imaginación. Simplemente me entristecía encontrar a mi demonio, y que Waltzen no supiera que llevaba la boca quemada. Waltzen no apareció. Pero sí lo hizo una jaula de palomas. Habíamos seguido el susurro de las aves a través de leguas, sin saber que aquel ruido era el mero respirar de esos pájaros de jaula. Quizás parezca exagerado, pero el desierto también posee la propiedad de magnitud, y ahora, desde la nueva inercia que conocemos, sabemos que aquellos gemidos de aves tenían algo de 10,000 voces juntas. Al unísono. Y claro, el tiempo ya casi llegaba a su fin. Algo de la fantasía en el susurro de los pájaros, nos acordaba el agua, o mejor aún, nos acordaba la sed. Nos remitía al dolor en la boca y a la cabeza de perro deformada, sobre los ojos que en aquel entonces, sabían esperar. Dato curioso es que mientras más nos acercábamos a la jaula, aparecía con mayor frecuencia entre la arena, instrumentos de medición de lluvia, pedazos de tela o botellas de plástico vacío. También aparecían enterrados pedazos de estelas y cerámica, con los que el vulgo suele conmemorar la finitud del tiempo. La cifra de personas que habrían pasado por este lugar y escuchado el susurro de las aves, justo ahora, resulta insignificante. La jaula era una jaula desde su simpleza. Las aves nos miraban con las corneas muy redondas, sin pestañear, y ocasionalmente picoteaban el suelo. Nos dimos cuenta que el llanto de paloma, no es un lugar fijo. Y que mirar fijamente a los ojos de un demonio, no es algo que se tolere con facilidad.