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Una viñeta alegórica 
por Abniel Marat  

El cuento me lo contó un hombre que vendía jueyes en la Plaza de Mercado. A él se lo contó un viejo centenario que había muerto hacía siete años en la ciudad de Nueva Cork. El viejo centenario digo que el cuento se lo contó su abuela que había vivido toda su vida en un pueblo del este de Puerto Rico. Posiblemente en Fajardo, Ceiba o Naguabo. Esa parte del cuento yo no la sé.  

A la abuela del viejo centenario el cuento se lo había contado una santera, hija de Changó y Yemayá, ¡fuerte la doña!, que había nacido en el barrio San Antón de Ponce, pero se había criado en el pueblo de Loíza. Le decían: “La Madama de Miñi Miñi”. Miñi Miñi es un barrio muy famoso de Loíza y cuentan los que saben contar (y es me lo contó la escritora puertorriqueña Mayra Santos Febres, a quien le gustan las alcapurrias de jueyes, igual que a mi) que todo lo profetizado por “La Madama de Miñi Miñi” era más acertado que las profesías Mayas del fin del Mundo o que el Apocalipsis de los pentecostales.  

Nadie sabe quién le contó el cuento a “La Madama de Miñi Miñi”. Posiblemente se lo susurraron los Orishas del Palo Mayombe, algún muerto emparentado con Allan Kardec el Padre del Espiritismo Científico; algún masón de la Logia “El Gran Arquitecto del Universo” o algún hijo de la gran puta que no tenía nada más que hacer para jodernos la paciencia a nosotros, los buenos puertorriqueños amantes de esta patria que anhelamos ver libre y soberana. La última cuenta que la pague el diablo porque yo no la pienso pagar.  

Aclarado este asunto del cuento, continúo con el cuento y quiero contarles que esto no es un cuento, es una parábola. No como las que contaba Jesús de Nazareth, porque esas no eran tan políticas e iconoclastas como esta parábola.  

Este problema de entender la diferencia entre un cuento oral y una parábola bíblica me lo dilucidó el crítico puertorriqueño Dr. Rubén Ríos Ávila, profesor, escritor, humanista, bibliófilo y amante del cine como Séptimo Arte. Agradezco a Rubén sus sabios consejos y por haberme iluminado como un Buda de la Literatura. Lo que yo no soy. Porque yo ni siquiera soy monje budista y no me gustan el voto de castidad ni el vegetarianismo. A mí me encantan los jueyes y me los como en salmorejo o con arroz guisado con habichuelas colorás y tostones con mojito isleño. Así me los como yo en los kioscos de Piñones.  

En la Plaza de Mercado hay un hombre que vende jueyes. Y el día que yo fui a comprarle una docena para mi salmorejo, descrubrí que él tenía tres toneles de madera –como los que usan para guardar el vino- llenos de jueyes. El primer tonel tenía una tapa de madera con una piedra encima. El segundo tonel también tenía una tapa de madera con una piedra encima. El tercer tonel no tenía tapa de madera y por supuesto tampoco tenía ninguna piedra encima.  

En el primer tonel alguien había escrito la palabra CUBA.  

En el segundo tonel habían escrito las palabras REPUBLICA DOMINICANA y en el tercer tonel habían escrito las palabras PUERTO RICO. 

Aquí empieza la maldita parábola.  

Ante mi profunda incertidumbre ontológica y existencial el hombre que vendía jueyes en la Plaza de Mercado me explicó la parábola:  

“Había una vez un hombre que vendía jueyes en la Plaza de Mercado. Este hombre tenía tres toneles llenos de jueyes.  

El primer tonel estaba lleno de jueyes cubanos que fumaban habanos marca “Cohiba”, bailaban danzón, recitaban poemas de Nicolás Guillén y disfrutaban mucho las canciones de Pablo Milanés, Compay Segundo y Omara Portuondo. Eran jueyes santeros. Todos llevaban puesto sus collares, aunque le hacían creer a todo el mundo que ellos eran jueyes católicos. Y como todo el mundo es pendejo, la gente se lo creyó.

El segundo tonel estaba lleno de jueyes dominicanos que se saludaban diciendo: “Oh, oh, pero ¿cuál es tu vaina?” Comían mangú con jamón dominicano y queso frito. Bailaban las canciones de Millie Quezada y bachata clásica dominicana. Se pasaban discutiendo sobre la candidatura presidencial del PRD, sobre la vida y obra de Joaquín Balaguer y contaban sus aventuras el Canal de la Mona.  

El tercer tonel estaba repleto de jueyes puertorriqueños. Todos tenían una colección infinita de tarjetas de crédito Visa y Mastercard especialmente creadas para jueyes capitalistas y comemierdas como ellos. Todos hablaban y gritaban todos a la vez y ninguno escuchaba al otro. Cruzaban las calles y corrían por las avenidas como jueyes locos. Y se daba el caso de un juey macho que mataba a la jueya hembra y asesinaba a todos los jueyitos para después terminar suicidándose el muy juey cabrón. Todos o casi todos eran jueyes alcohólicos, jueyes drogadictos, jueyes fanáticos pentecostales, jueyes bipolares y jueyes con déficit de atención. Por eso la jueyera está tan jodía. Los únicos jueyes normales eran los jueyes escritores miembros de un colectivo literario llamado “HomoerÓtica”. Pero esos jueyes los colocaron en un tonel diferente, porque todos son jueyes maricones y en la jueyera no quieren compartir su espacio vital con esos jueyes. Esos jueyes maricones, nadie los quiere. Los pocos que han probado esa carne dicen que sabe a caviar y no a carne de juey. Que los que prueban esa carne no vuelven a ser los mismos jamás. Si esto sigue así vamos a terminar todos comiendo salmorejo de jueyes canadienses o jueyes chinos “made in Taiwan”. A mí que no me ofrezcan una alcapurria de juey maricón porque se la voy a meter por el culo al que lo haga.  

¿Por qué los toneles de jueyes cubanos y dominicanos tienen tapas con piedras y el tonel con los jueyes boricuas está destapado? pregunté intrigado.  

Porque los jueyes cubanos y los jueyes dominicanos se trepan uno sobre el otro y el primero que llega arriba ayuda a salir del hoyo a los demás jueyes. Así, palanca a palanca, mano a mano, se ayudan en solidaridad perpetua para salir del hoyo y respirar el aire de la Libertad.  

Pero los jueyes boricuas, cuando un juey se trepa sobre el otro para subir hasta llegar arriba, los jueyes que están abajo lo hacen caer al piso y lo pisotean con sus palancas ascender. Así todos los jueyes están condenados a no salirdel hoyo y quedarse enterrados en ese oscuro tonel donde no sopla el aire de la Libertad.  Parece que les gusta vivir comiéndose su propia mierda. Todos los jueyes boricuas, sin importar su color político, quieren ser los primeros en llegar arriba. Todos quieren ser protagonistas. Nadie quiere ser comunidad. “Común unidad”. Se parecen a los próceres de todos los pueblos y de todos los tiempos. Y para lo único que sirven los próceres es para que las palomas le caguen las cabezas. Pero la “Parábola de las Palomas Cagonas” yo se la contaré otro día. Ahora dígame, ¿Qué jueyes me va a comprar usted?  

Deme una docena de jueyes maricones, respondí.”  

Y se acabó la parábola.  

(A Ángel Antonio Ruiz Laboy y a mis hermanas y hermanos de HomoerÓtica)

 


Comments

Ricardo santana
07/03/2009 00:19

Abniel
Me quito el sombrero, la peluca, las tacas y mi corazón delante de ti.
Te admiro inagotablemente. Eres el verbo de Homoherótica
Que vivan los jueyes de Homoherótica.
Gracias otra vez Abniel
Un gran abrazo
Te quiere
Ricardo santana

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Idalis
10/30/2009 11:02

ESPECTACULAR! Divertido y profundo a la vez. Standing Ovation! BRAVO!!
By the way: Yo también quiero una docena de jueyes maricones ;-)

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jose de guayanilla
11/04/2009 14:33

ewsto esta cabron

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jose de guayanilla
11/04/2009 14:38

yo conozco muchos jueyes de este tipo

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Julio A. Torres López
12/01/2009 16:00

Muy original. Un fiel retrato de muchas situaciones inverosimiles que se viven a diario. en nuestro Puerto Rico. Que lamentable!

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Norma
10/16/2010 09:09

Me encanto !!!!!! Pero quiero jueyes maricones dejame tres docenas.....jajajajaja

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